Muchos sentimientos encontrados ante la magnitud de lo que hace 5 días se vivía en Copiapó, en el desierto Chileno.
33 vidas estaban a punto de nacer del centro de la tierra y como dice en un texto que compartiré más abajo, la naturaleza ayudó a que estas vidas nazcan, por que alli no se buscaba lucrar con la naturaleza sino se buscaba salvar vidas y así se logró el objetivo.
La labor de la prensa fue fundamental, más de 700 periodistas de todo el mundo se encontraban en el campamento esperanza, formando parte de esas 24 horas que hicieron historia y que quedaran grabadas en ma mente de las personas que tuvimos la oportunidad de ver.
Dicen que fue la programación más vista en mucho tiempo y ni que decir al momento que salía el polémico Jonhy Barrios, el minero Nº 21 que tenía una esposa y dos amantes!!!. Una de las cuales fue la encargada de recibirlo. Ahora dicen que le ofrecieron hacer una propaganda de salud sexual, podes pio creer???.
Muchas felicidades al pueblo Chileno por el rescate y por hacer lo imposible por devolver la vida a estas familias. Esperemos que las autoridades se pongan las pilas y tengan en cuenta las condiciones infrahumanas a las que están expuestos trabajadores humildes como los hoy héroes de Copiapó.
***
"Treinta y tres cruces que no fueron"
Por HERNÁN RIVERA LETELIER* ESCRITOR Y EX MINERO CHILENO
Primero
fueron las carpas solitarias de los familiares. Llegaron a la mina con
banderas, con santitos, con velas de duelo, con fotografías de los
padres, de los esposos, de los hermanos, de los hijos enterrados allá
abajo. Mientras comenzaba el rescate allí se quedaron, día y noche,
rezando, llorando, blasfemando, exigiendo justicia, soportando el
viento y el tierral inclemente, el calor durante el día y el frío
atigrado de la noche. Y cuando todo hacía suponer que el drama
terminaría como siempre, que allí, sobre la mina convertida en fosa
común, iban a aflorar 33 cruces de animitas, iguales a
las cientos que se alzan a lo largo del desierto chileno, sube desde
las profundidades el mensaje que estremece a todos: los hombres están
vivos.
Fue el comienzo de un espectáculo de espejismo. Como en un
desfile de feria comenzó a llegar una muchedumbre que alborotó la
tranquilidad del desierto: payasos de semáforos, predicadores
evangélicos, actrices de telenovelas, millonarios excéntricos
repartiendo millones como embelecos, modelos, humoristas, políticos,
presentadores de televisión y miles de periodistas de los más lejanos
países del mundo. Y de la noche a la mañana, en medio de un gran
desorden y confusión de lenguas, apareció un pueblo de Babel con una
población de más de tres mil personas.
La historia del desierto
de Atacama está coronada de tragedias (como una larga muralla coronada
de vidrios rotos). Huelgas interminables, marchas de hambre, accidentes
fatales, mineros ametrallados y cañoneados a mansalva en masacres
inconcebibles. Todo esto a causa de una larga data de injusticias
laborales, sociales y morales en contra del minero, injusticias que,
pese a los años y a ríos de promesas políticas, se han conservado
inalterables, como agrias momias atacameñas. Se dice Desierto de
Atacama y se entiende drama, explotación y muerte.
Por eso ya era hora de que se viviera una epopeya con final feliz .
Ya era hora de que la tierra, regada tanto tiempo por la sangre, el
sudor y las lágrimas de los mineros, devolviera verdores desde su
vientre, devolviera frutos de vida. Aquí sangre, sudor y lágrimas no es
una frase vulgar. Yo que viví cuarenta y cinco años en este desierto,
que trabajé en las minas a rajo abierto –sólo dos veces y por muy corto
tiempo lo hice en minas subterráneas-, lo puedo decir fehacientemente:
el desierto está regado de sangre, sudor y lágrimas. El rescate de los
33 mineros de Copiapó, además de un triunfo de la tecnología, se alza
desde este desierto como una lección de vida. Una prueba de que cuando
los hombres se unen a favor de la vida, cuando ofrecen conocimiento y
esfuerzo al servicio de la vida, la vida responde con más vida. Aquí no
se trabajó buscando oro o petróleo o diamantes. Lo que se buscaba era
vida.
Y brotó vida, 33 chorros inmensos . Y a
los estallidos de aplausos y abrazos y risas mojadas de lágrimas de la
muchedumbre en la mina, y del júbilo de campanas y sirenas de las
ciudades del país, se sumó la alegría emocionada del mundo entero.
Eramos todos seres humanos conmovidos hasta los tuétanos. Porque a
medida que cada uno de los mineros iba subiendo, saliendo, renaciendo
desde las entrañas de la tierra, cada uno de nosotros lo sentía como
emergiendo desde el fondo de su propio pecho. Fue la celebración total
de la vida. Ya lo he dicho: el desierto está poblado de cruces,
testimonios mudos de muerte y desolación. Hagamos por lo tanto de este
lugar un homenaje a la vida. No construyamos otro monolito, que son
superfluos; no levantemos un monumento, que hay demasiados; no erijamos
un santuario, que ya hay los suficientes. Echemos a volar la
imaginación y creemos algo que manifieste a toda la raza humana. Yo
propongo un Elogio de la vida.
Un mensaje para los 33: que les
sea leve el alud de luces, cámaras y flashes que se les viene encima.
Es cierto que sobrevivieron a esa larga temporada en el infierno, pero
al fin y al cabo era un infierno conocido para ellos. Lo que se les
viene ahora, compañeros, es un infierno completamente inexplorado por
ustedes: el infierno del espectáculo, el alienante infierno de los set de televisión .
Una sola cosa les digo, paisitas, aférrense a su familia, no la
suelten, no la pierdan de vista, no la malogren, aférrense como se
aferraron a la cápsula que los sacó del hoyo. Es la única manera de
sobrevivir a ese aluvión mediático que se les viene encima. Se los dice
un minero que algo sabe de esta vaina.
*Ganó el Premio Novela de Alfaguara 2010 por El arte de la resurrección. Reside en Antofagasta.
Extraído de Clarín.com
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